El proceso de adaptación de las familias migrantes y refugiadas venezolanas

El proceso de adaptación de las familias migrantes y refugiadas venezolanas

Autora: Carmen Wurst, psicóloga – psicoterapeuta psicoanalítica, CAPS (1)
Fotografía: Óscar Pacussich, propiedad de Lutheran World Relief

Según los datos más recientes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), ya son más de 5,4 millones los venezolanos que abandonaron su país (2) para iniciar una nueva vida en otro lugar; lo que hace muy relevante el hablar sobre el proceso de adaptación que se está generando entre los migrantes y refugiados y los locales del país de acogida.

Llegar al Perú, después de un largo y tortuoso recorrido es como el viaje de Ulises, relataba Lucía en una sesión de grupo con las familias migrantes que eran acogidas en el centro pastoral San José en San Juan de Lurigancho (Lima), dirigido con cuidado y calor humano por la hermana Yeny.

“Pasamos por situaciones nunca vividas por nosotros, caminamos entre montañas, poblados, viajando en camiones, buses o triciclos, teniendo que dejar en el camino las pertenencias preciadas, por no resistir el peso de la vida sobre los hombros”.

Migrante venezolana perteneciente al grupo del Centro Pastoral San José

Estas son algunas frases del grupo conformado por madres con bebés lactando, niños jugueteando o trepando el cuerpo de sus progenitoras, hombres jóvenes, espigados, algunos en estado de alerta, otros reflexivos y deseosos de empezar a trabajar y cumplir con sus familias.

Miradas inquisidoras, rostros tristes, preocupados, llantos de niños que no pueden ser calmados; por momentos discusiones, cambios de opinión, pero también risas y esperanza.  El común en todos ellos era la necesidad de hablar; se agolpaban uno a uno por relatar las condiciones de ese largo periplo para llegar al Perú, había mucha necesidad de contar su propia historia y darse cuenta, en grupo, que lo que le pasó a uno también les pasó a sus compatriotas.

Dejar la tierra natal y emprender esa larga travesía, como lo hizo Ulises quien, luego de terminar la guerra de Troya, transitó diez años de situaciones extremas para regresar a Ítaca, su casa. Así se sentía este grupo de familias. No solo la vivencia de los grandes retos que tuvieron que sobrellevar en el trayecto sino, además, los sentimientos que los acompañaron en su largo viaje.

Al principio la incertidumbre por ese lugar desconocido pero esperanzador, el dolor del hambre, la rabia, el duelo, la tristeza, el miedo; todos estos sentimientos sobrellevados por la ilusión de encontrar algo mejor.

Pensar en un mundo que se idealiza en la mente, que sirve de impulso para realizar el proyecto de salir de su país; y luego, poco a poco, irse despertando de ese sueño para chocar con la realidad que se va desplegando de manera brutal e incierta.

Un desplazamiento forzado es una forma dolorosa y apremiante para salvarse de la muerte, huir del peligro y de la carencia. Tomar la decisión de salir es la extrema elección entre la vida y la muerte. También lo es el buscar una mejor calidad de vida para ellos mismos y sus familias.

Siguiendo las palabras de Lucía, algunos autores han denominado al estrés del migrante como un choque cultural. Si las circunstancias adversas se perpetúan en el tiempo, se puede desplegar el Síndrome de Ulises o Síndrome del Estrés Crónico del Inmigrante (3) como lo denomina el psiquiatra español Joseba Achotegui (2009).

Apoyo emocional para fortalecer la adaptación de las personas migrantes y refugiadas

Foto creada por pressfoto – freepik.es

Aproximaciones al Síndrome de Ulises

Siguiendo a Anchotegui, quien acuñó este término, el estrés crónico del migrante va más allá del duelo migratorio clásico, pues implica una separación forzada en donde el miedo a perder la vida, a luchar por la sobrevivencia, generan altos niveles de estrés.

¿Cómo se expresa este síndrome?

Los procesos de adaptación pueden manifestarse en síntomas característicos, especialmente en las personas más vulnerables como son las mujeres víctimas de violencia, los niños, las personas con alguna discapacidad o enfermedad crónica; por lo que no es casual encontrar cuadros de ansiedad, estrés post traumático, depresión y abuso de sustancias.

La pandemia ha sido un acelerador de este proceso. El vivir al día, estar en situación de calle, el hacinamiento y la dificultad para la sobrevivencia, agudizaron más los problemas de salud mental de la población migrante quienes, por razones legales, no llegan a acceder de manera oportuna a los servicios del Estado.

¿Cómo podemos entender estos procesos de adaptación?

Los procesos de adaptación implican el asentamiento de las personas migrantes y refugiadas en las comunidades locales, las cuales tienen sus propias dinámicas, costumbres, historia, cultura y formas de vincularse.

Ubicarse en este nuevo entorno pasa por muchos movimientos psicológicos, tanto del migrante y refugiado como de la población de acogida en la cual, como diría el psicoanalista Isidoro Berestein (2008) (4), también se dan procesos de encuentro con un “otro” y “ajeno”.

Las personas deseamos pertenecer a un mundo uniforme, conocido, pero siempre habrá un elemento diferente en toda relación. En el caso de la población de acogida, los migrantes son percibidos como lo diferente porque los “saca de la uniformidad”.

La llegada de la población venezolana al Perú nos confronta con la diferencia. En ese movimiento, se produce la exclusión, la discriminación, el rechazo. Las familias venezolanas se convierten en un ajeno que no es bienvenido ni incorporado en la mente de los locales.

¿Cómo podemos mejorar este encuentro?

Para mejorar este encuentro entre el migrante y refugiado y la población de acogida nos puede servir el concepto de vínculo, desarrollado por los psicoanalistas vinculares.

El vínculo es esa entidad que se va construyendo gracias a la fuerza que lleva a transformar el poder estar con en hacer algo con. (5) Hablamos de crear algo nuevo. Es el hacer entre las personas, donde lo exterior se hace interior, y lo interior se hace exterior.

Esto se va creando cuando:

  • Aceptamos al otro como diferente y reconocemos el impacto que nos produce y que generamos en el otro.
  • Sacamos el mayor provecho de este encuentro y empezamos a crear algo nuevo en esa relación.

No todas las relaciones son iguales. Algunas son más cercanas y profundas (como la relación amorosa, afectiva y de pareja), otras serán laborales, amistosas, vecinales, comunitarias. Pero en todas se pueden desplegar acciones de acercamiento y reconocimiento del otro.

Para el migrante, ubicarse en este nuevo contexto implica el desarrollo de muchas capacidades de emprendimiento y de manejo de emociones diversas. Más que una amenaza, es necesario tomar consciencia de estos movimientos mentales a fin de poder generar un encuentro, un vínculo de reconocimiento de este “otro” diferente y extraño, pero que puede enriquecernos con su cultura y su fuerza de trabajo.

¿Cómo trabajamos en CAPS?

CAPS, como organización de salud mental y derechos humanos, empezó a atender a la población migrante bajo la propuesta de proporcionar un marco de trabajo en donde se respete la dignidad, la cultura y la capacidad de la persona, activando una respuesta para aliviar el impacto emocional de la migración, incrementado por la situación de pandemia que dejó a muchos venezolanos sin la posibilidad de garantizar su sustento diario por las características de los empleos o subempleos a los que muchos acceden.

Para esta tarea fue necesario adaptarse, pasando del encuentro presencial al virtual. CAPS desarrolló este movimiento de reconocimiento del nuevo espacio físico y mental implementando un espacio acogedor para escuchar, pensar, historiar el viaje, procesar el duelo, soñar y planear un futuro en este nuevo país.

Como terapeutas psicoanalíticos, en el encuentro vamos observando y observándonos. En este lugar protegido, los sentimientos pueden desplegarse bidireccionalmente. Se va afinando la escucha que nos permite familiarizarnos al tono diferente de la población venezolana, reconociendo nuevas palabras, formas de saludar y el uso de expresiones coloquiales que pueden ser mal entendidas en nuestro contexto local.

Desde nuestra disciplina, podemos hacer mucho por mejorar esta situación y facilitar la integración.  Proporcionar una mirada abierta y empática, es darle la condición de persona a quien migró por salvar su vida.

En CAPS podemos ayudarte. Escríbenos en contacto  o llamarnos directamente al 961366610, en donde un equipo especializado te brindará la orientación que necesites.

Síguenos en nuestras redes sociales en Facebook e Instagram para que, todos los sábados, recibas más contenidos como este en nuestra sección #SaludableMente.


Referencias bibliográficas:

(1) Carmen Wurst, Psicóloga – Psicoterapeuta psicoanalítica – Coordinadora del Proyecto Desarrollando Bienestar Psicosocial para la población migrante, refugiada y de acogida en Perú

(2) R4V Plataforma de coordinación para refugiados y migrantes de Venezuela. https://r4v.info/es/situations/platform.

(3) Joseba Achotegui, que conoce bien esta realidad. Fue él quien acuñó el término, y su trabajo en el Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados (SAPPIR) le ha permitido conocer también su evolución.

(4) Berenstein, Isidoro (2008) Del ser al hacer. Curso sobre vincularidad. Editorial Paidós: Bs Aires.

(5) Puget, Janine.

¿Cuán útil te pareció este contenido?

3.3 / 5. Total de votos 3

¡Sé el primero en valorar este contenido!

     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *